Anoche canté y bailé y grité y salté. Con mis amigos y con todos mis ex. Fue en el concierto de La Casa Azul. Madrid. Un concierto que solo puedo calificar como el mejor al que he ido en mi vida. Dos horas de música de la buena con un tipo en el escenario que sudó cada una de las canciones del mismo modo que lo hicimos los que estábamos en la pista.
Porque los chicos saltamos a la pista y viajamos por la Polinesia Meridional merendando galletas como fans realmente enamorados. No sé exactamente cuándo empecé a superar descalabros sentimentales a golpe de canción de La Casa Azul, pero lo que sí sé es que anoche mientras los escalofríos me gallineaban la piel, reviví por segundos la presencia de aquellos que una vez estuvieron y luego dejaron de hacerlo porque se marcharon o porque lo hice yo.









